Ellos son los que riegan de experiencia el campo de juego, bañados en aceite verde y átomo desinflamante hacen que todos los espectadores volteen y se tapen la nariz al verlos pasar.
Irradiando respeto regresan a la cancha ensayando piques cortos y saltitos, más que jugadores de fútbol parecen ser gladiadores desfilando con sus rodilleras, tobilleras, musleras y hasta faja para esconder la panza.
El fútbol les dio revancha y nuevamente los puso en el verde césped de la felicidad.


Federico Poenitz de niño atajaba delante del porton del vecino con sus guantes magicos negros, que bueno es ver a este muchacho manteniendo viva aquella costumbre de la niñez.

Marcelo Cona no podia entender como su equipo hacia aguas por todos lados, un aluvión de goles los estaba mandando al fondo de la tabla de posiciónes, 15 a 5 en su presentación y 14 a 1 en el segundo partido.
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